Historia de vida de Ofelia Ortega: Encuentros y visiones

 

Encuentro con el evangelio en comunidades locales

Nací en Cuba, en un hogar católico-romano tradicional y pobre. Fui bautizada en la Iglesia Católico-Romana a los tres meses de nacida. Mi madre siempre estuvo convencida de la necesidad de dar educación religiosa a sus hijos, así que par ella fue algo muy natural el enviarme a la iglesia más cercana de nuestro hogar.

“Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha y abre la puerta, entraré a su casa y cenaré con él y él conmigo”.

Apocalipsis 3:20

(Biblia del Peregrino de Luis Alonso Shökel, Editorial Verbo Divino, España)

Esa iglesia era Bautista, pero una congregación bautista de cualidades excepcionales, pues el pastor que era también técnico de servicios médicos, ofrecía una gran ayuda social al pueblo pobre que circundaba la iglesia, en un laboratorio anexo a la casa pastoral. Este pastor tenía un gran sentido del humor y recibía tanto a los niños y las niñas, como a los jóvenes y las jóvenes del barrio en una atmósfera de gozo que impregnaba las liturgias, las clases de catequesis y otras actividades dominicales.

A los cuatro años de edad, comencé a asistir a la Iglesia Presbiteriana, debido a que esta iglesia tenía la mejor escuela de la ciudad, llamada “La Progresiva”, que ofrecía oportunidades para que las madres pobres pudiesen pagar la matrícula de la escuela, lavando las ropas de los/las estudiantes de clase media que vivían en las residencias estudiantiles.

Ahora, cuando miro atrás,  comprendo cuánto influyeron en mi vida estas dos Instituciones (la iglesia local y el colegio), al ejercer un formidable ministerio diaconal en mi ciudad natal. Así que la fe y el compromiso social constituyeron una parte esencial de mis tempranos encuentros ecuménicos.

Desarrollo espiritual: auto-afirmación, auto-dirección, auto-confianza. 

El desarrollo de mi propia espiritualidad estuvo asociado con un proceso de desarrollo de mi auto-afirmación, auto-dirección y auto-confianza a través de mi vida. Los factores económicos y culturales desempeñaron en ello un papel importante. ¿Cuándo fue que tomé  conciencia de una cierta devaluación en cuanto a la plenitud de mi propia humanidad? Me viene a la mente un momento particular. Recuerdo que alguien estaba de visita en mi casa, y mi madre le dijo a un amigo: “Es una lástima que ella no sea varón. Sería  más fácil para ella”.  El razonamiento de mi madre era válido: si eres pobre y además mujer, tus posibilidades en la vida son muy limitadas. Me puse entonces a llorar  debajo de mi cama.  ¡Yo no era nadie, ni siquiera para mi madre! Sentí de inmediato que entre mí y los restantes seres humanos se abría un abismo de distancia. Si ella no me quiere, entonces ¿quién me querrá? Me resultaba difícil ya no solamente encontrar a mis amigos, sino encontrar también a Dios. Fue así que el llanto y la soledad, la ira y la auto-compasión fueron mis compañeros por mucho tiempo.

¿No oré  acaso durante todos esos años? Sí, oré. Sólo que la mía fue un tipo de oración desesperada. Fue un orar por cambios, sin muchas fuerzas para  producirlos, y sin saber qué se necesitaba cambiar.

Pero finalmente Dios vino a mi encuentro. Juan Luís Segundo en su obra La fe y las ideologías nos dice: “Dios se revela a los seres humanos que están preocupados con sus propias situaciones concretas. Sólo podremos entender y apreciar la Palabra de Dios, si tomamos este hecho en cuenta.”[1]

La misericordia de Dios actúa por caminos inesperados, y cuando el amor de Dios me rodeó con pasión y compasión, comenzó para mí  una nueva vida. Me sentí aceptada. “El ser aceptadas ha sido y continúa siendo para muchas personas, la fuente más importante de fe y coraje para la vida. Y no es muy difícil ver en las caras de las personas infelices que nunca alcanzaron a tener esta experiencia, la herida indeleble que sustenta su alma. Incluso si una mujer puede olvidar la criatura que amamanta – algo que de hecho ocurre entre la gente – Yo no los olvidaré, dice Dios a través de Isaías (Is.49: 15).” [2]

Hace algún tiempo, un buen amigo mío me preguntó: ¿Existen diferencias entre el proceso de “conversión” de un hombre y el de una mujer? La pregunta me sorprendió.  Sin embargo, reflexionando sobre mi experiencia personal y también la de mi madre, hallé algunas diferencias.

La espiritualidad de la mujer es holística, y abarca el conjunto de nuestras relaciones con la Creación en su totalidad, nuestros semejantes, la sociedad y la Naturaleza, el trabajo y la recreación. En otras palabras: incluye todas las dimensiones de la vida. Creemos que el desarrollo espiritual cristiano no puede legítimamente identificarse como desarrollo del alma, ni asociarse exclusivamente con el desarrollo en la oración y en la virtud, sino que debe ser visto como desarrollo integral humano.

Además, todo aquello que limite el desarrollo de nuestra plena humanidad se erige en verdadero obstáculo de nuestra espiritualidad.

El experimentar la aceptación de Dios, trajo cambios en mi vida. Adquirí un nuevo sentido de la dignidad y comenzó dentro de mí un proceso de auto- afirmación. Comencé a moverme hacia la independencia y la madurez. Pero inmediatamente, tomé la decisión de compartir esta experiencia con otros. Por aquel entonces, no asistía a centro de educación alguno, debido a las dificultades económicas por las que atravesábamos en casa. No obstante, me hice el firme propósito de terminar mis estudios de preuniversitario ( bachillerato en letras ) como paso previo necesario para realizar estudios teológicos en breve plazo. Deseaba realmente verme comprometida con la misión y el testimonio de la Iglesia.

La experiencia espiritual de la mujer incluye no sólo la autonomía, sino también la relación. La mayor parte de los modelos psicológicos de desarrollo humano se detienen en la autonomía – en el concepto de madurez como diferenciación de otros, como independencia, como el tomar control de nuestra propia vida. Para nosotras las mujeres, el movimiento hacia la madurez incluye no sólo la independencia, sino también la pertenencia. Aceptación, relación, y pertenencia, constituyen elementos esenciales de nuestro viaje espiritual.

Siendo una niña en “medio” de dos hermanos, hubo de pasar algún tiempo antes de que realmente me recuperara del daño recibido en mi niñez y adolescencia. El camino hacia la confianza en mi misma constituyó un largo proceso

  • de la tristeza a la felicidad
  • de la frustración a la esperanza
  • del aislamiento a la comunidad

A lo largo de este proceso, la vida en comunidad de la iglesia fue una gran ayuda. El grupo de jóvenes (con liderazgo femenino), y muchas otras personas fueron mi sostén durante este tiempo en la iglesia local de la ciudad de Cárdenas, mi pueblo natal.

Enfrentando los obstáculos para  el desarrollo de la vocación.

Al terminar mis estudios de bachillerato en el Colegio Presbiteriano “ La Progresiva”  mi asistencia a una Conferencia de Jóvenes organizada por la Iglesia Presbiteriana en1956 fue el momento decisivo en que sentí fuertemente el llamado de Dios para servir en la obra y misión de la Iglesia en  Cuba.

Decidí ir a estudiar al Seminario Evangélico de Teología en Matanzas, Cuba. Mi única oportunidad era  entrar en la Escuela de Educación Cristiana  pues las mujeres todavía no eran aceptadas en la Escuela de Teología para ser candidatas al ministerio ordenado

Siendo una mujer joven, tomé conciencia de que también era un cuerpo. Antes de comenzar el proceso oficial para ser considerada  candidata a obrera comisionada para la obra de educación cristiana uno de los pastores presentes en el proceso de examen  me preguntó : ¿Por qué vas a estudiar al Seminario? Eres joven y agradable , podrías ser una buena esposa de pastor.

Después me preguntaron : ¿ Qué pasará si te casas mientras estás estudiando? Esa es una preguntan que jamás la harían a un candidato hombre. Pero yo era una mujer, y así establecían una clara distinción entre los candidatos.

Entré al Seminario en el año de 1956  con la firme convicción de que Dios usaría mi vida  conforme a Su Voluntad.

Terminé mis estudios de Educación Cristiana en el año de 1959 ( Año de la Revolución Cubana)  y para mi gran sorpresa fui llamada a enseñar en el Seminario Teológico de Matanzas en el año de 1960 debido al éxodo de los profesores extranjeros ,  comencé a enseñar especialmente en el área de Educación Cristiana y Pastoral. Combiné esa labor con la dirección de la obra de Educación Cristiana de la Iglesia Presbiteriana de Cárdenas.

Encuentro  con mi propia realidad contextual

Sin embargo, no fue sino hasta la década de los sesenta, luego del triunfo de la Revolución cubana, cuando mis pasos me llevaron al encuentro de mi propia realidad contextual, y me hallé más allá de los muros de la iglesia, participando en la  Campaña de Alfabetización (1961), organizada por el Gobierno Cubano, así como por iglesias y organizaciones no gubernamentales de Cuba.

Fue en aquellos días cuando jóvenes y adultos jóvenes de la congregación local incursionamos los barrios insalubres de Cárdenas, mi ciudad natal, y allá, en un lugar conocido como “La Arrocera”, enfrentamos el reto de levantar un edificio de propósitos múltiples. La construcción estaría al servicio tanto de la liturgia como de la alfabetización, a la par que habría de funcionar como “edificio comunitario”, al cual los pobres podían acudir para planificar y organizar su vida en común. Fue un magnífico proceso de participación, un verdadero ejercicio de democracia,  en el que las mujeres desempeñamos el papel protagónico principal. Este “encuentro ecuménico” me ayudó a comprender la importancia vital de dos conceptos muy afines, que posteriormente encontraría formulados con toda claridad en mis estudios teológicos. En primer lugar, comprendí ya desde entonces que para tener una conciencia verdaderamente ecuménica es necesario “romper el círculo en que vivimos absortos en nosotros mismos, y  poner nuestra vista en el rostro ensangrentado de nuestros prójimos: porque ellos son  el mayor sacramento de Dios, las señales e instrumentos de la auténtica realidad divina. Si no compartimos la vida con los oprimidos, entonces no compartimos la vida con Dios.”[3] Y en segundo lugar, tuve la vivencia de que “la vida cristiana, aunque sea intensamente personal, es siempre comunitaria… la privatización de la piedad no es parte de la tradición cristiana y socava las bases de la vida cristiana… Por tanto, la espiritualidad cristiana es la espiritualidad de la comunidad cristiana”. Pero no es una comunidad cristiana vivida en aislamiento respecto del mundo”[4]

De este modo, traspasar los muros de la iglesia, e ir al encuentro de mi propia realidad contextual, constituyó una vía fundamental de mi desarrollo personal y mi formación teológica.

Búsqueda de una formación teológica adecuada.

Muy rápidamente pude percibir que para poder enseñar  en Cuba en medio de los cambios sociales que estábamos experimentando como Iglesia y como sociedad debía tener una mejor preparación teológica. Así que solicité de la Iglesia mi retorno al Seminario para realizar los estudios teológicos en la Escuela de Teología de nuestra Institución. Fue aceptada mi propuesta pero sin dejar mis responsabilidades como obrera comisionada para la  obra de Educación Cristiana , así que fue un gran esfuerzo de trabajo y estudio , pero disfruté grandemente esta experiencia que me permitió tomar las asignaturas teológicas y filosóficas, las lenguas bíblicas y otras muchas asignaturas necesarias para completar mi grado en teología .Fui la primera mujer en recibir el título de Bachiller en Teología en nuestro Seminario.

Soy deudora de mis profesores de Teología y Biblia y Homilética:  Al  Dr. Sergio Arce, al Rev. Manuel Rodríguez y el Rev.Francisco Norniella, quienes orientaron pacientemente mis estudios confiando plenamente  en mi capacidad para la obtención del grado de Teología. Debo  también una gran expresión de gratitud  a la Dra Lilian Strong (Presbiteriana) , a la  hna Lois Kröehler (Presbiteriana), al Dr. David White   (Metodista ) y a los esposos Le Roy (Episcopales) quienes trabajaron arduamente  como misioneros para ofrecernos  instrumentos viables  para la Obra de educación Cristiana y la Pastoral tan necesaria en nuestras Iglesias.

Vocación al ministerio ordenado

Muchas personas me preguntan ¿Cuánto tuviste que luchar para que la Iglesia Presbiteriana te ordenara para el Ministerio de la Palabra y los Sacramentos? Mi respuesta les sorprende. Nunca pedí la ordenación. Fui comisionada por la Iglesia para la Obra de Educación Cristiana en 1959 y esa fue mi primera responsabilidad hasta 1967 en que la dirección de la Iglesia decidió, después de consultarme, mi ordenación para impartir los Sacramentos. Fui ordenada el 17 de febrero de 1967 , en la misma Asamblea en que la Iglesia Presbiteriana  en Cuba se separó del Sínodo de New Jersey para constituirse en una Iglesia autónoma. Sin embargo, es bueno señalar que el derecho a la predicación y a la enseñanza me fue ofrecido por las congregaciones locales desde muy temprana edad. Los púlpitos de mi región me eran  muy familiares  y conocidos desde mis tiempos escolares. Así que lo nuevo fue ahora el derecho a ofrecer los Sacramentos (Bautismo y Eucaristía).

Fui designada para atender la Iglesia Presbiteriana de Perico (en la provincia de Matanzas) sin dejar la dirección de la Junta de Educación Cristiana, Evangelización y Mayordomía que organizaba toda la programación educativa de la Iglesia Nacional y también la permanencia en la Cátedra de Educación Cristiana en el Seminario Evangélico de Matanzas. He tenido el privilegio de ocupar varios cargos pastorales desde mi ordenación: Perico, Varadero, Versalles y San José de los Ramos.

Encuentro con un maestro apasionado.

Lo encontré en Cuba.Transcurría la primera parte de la década de los sesenta. Hombre sencillo y sereno ,con el carácter reflexivo del asiático .¿ Su nombre? C.I Itty.

¿Quién fue C.I. Itty?  C.I. Itty era miembro de la Iglesia Ortodoxa Siria y ciudadano de la India. ¿Cómo influyó en mi vida? ¿Es posible que un teólogo laico ortodoxo de la India haya podido contribuir decisivamente a moldear el compromiso ecuménico de una  pastora presbiteriana de Cuba? Mi respuesta es un rotundo “Sí”. Y este es precisamente el “milagro” o “los milagros” que ocurren día a día en nuestros círculos ecuménicos. De esto se trata el llamado “virus ecuménico”, que nos contagia cuando entramos en contacto con él.  C.I. Itty nos visitó en Cuba mientras trabajaba en el Programa del Laicado del Consejo Mundial de Iglesias. Para él, “enseñar a los pobres“ era una labor  fundamental que siempre realizó ,  C.I. Itty comenzó  su ministerio comprometiéndose con la enseñanza de los pobres en India e Indonesia dentro del Movimiento Estudiantil Cristiano de los años cincuenta, y continuó luego trabajando con el Consejo Mundial de Iglesias. Siempre concedía prioridad a las relaciones humanas por encima de cualquier obligación institucional o estructural. Fue por eso que alcanzó a verme en medio del grupo numeroso que le rodeaba en el encuentro organizado por el Consejo Ecuménico de Cuba con personas de diferentes confesiones.  Se acercó a mí, y con voz queda me preguntó: ¿Cuáles son sus planes futuros para la vida? Su pregunta directa me sorprendió. En aquellos momentos me preparaba para viajar a Gran Bretaña y pasar un curso de Maestría en Educación Cristiana. Compartí con él cuales eran mis planes. Movió su cabeza, en un gesto característico de las personas de la India, y me dijo: “Tienes que ir a Bossey, al Instituto Ecuménico de Bossey, en Ginebra, Suiza… Hace falta que profundices más tu visión ecuménica para que puedas ayudar al movimiento ecuménico en Cuba”. No estaba muy convencida de lo que estaba diciendo. ¿Por qué habría de involucrarme más con el movimiento ecuménico? ¿Por qué necesitaría aprender más sobre ecumenismo? ¿De qué se trataba toda esta cuestión del movimiento ecuménico?

Entonces fuimos juntos al Campamento de Verano de la Iglesia Presbiteriana a fin de tener un Retiro Espiritual… Y allí, en la capilla (una capilla abierta, sin paredes, en medio del campo, rodeada de un hermoso paisaje campesino cubano, con sus bohíos y sus palmas reales), Itty se dirigió a nosotros. En su presentación, nos pidió mirar a los campos, y a los campesinos que trabajan en nuestra cercanía. Entonces nos dijo: “La Iglesia necesita ser como esta capilla – tener puertas abiertas, ver siempre lo que esta a su alrededor, no perder la perspectiva de aquellos que viven y trabajan cerca de nosotros”. ¡Tiene que ser una iglesia sin paredes! ¡Una iglesia abierta! ¡De eso se trata el ecumenismo!”.

Este modo en que C.I. Itty entendía el movimiento ecuménico, provenía de su propia experiencia, de algo que él llamaba “Señales y conversión”

Una nueva conversión al mundo, una nueva forma de compromiso con los problemas de nuestra sociedad y su demanda de un cambio social.

Una conversión a la misión, para poner a quienes no son cristianos frente al mensaje del Evangelio.

Un nuevo ritmo de vida, adoración y trabajo, contemplación y actividad, distancia y compromiso, servicio social y acción social, sufrimiento y regocijo, duda y esperanza, arrepentimiento y perdón.

Nueva comprensión de la visión cósmica de la redención, la universalidad cristiana, el carácter sacerdotal de la iglesia, y la visión sacramental de la vida y el trabajo.

Una visión ecuménica en formación.

Tras este encuentro con C.I.Itty, quedé totalmente convencida, y en 1967, mi iglesia me envió al “Instituto Ecuménico de Bossey”. Aquello significó un cambio radical en mi vida y en la dirección de mi ministerio en Cuba. Participé en la Escuela de Graduados (Oct.–Feb.67/68) y pasé tres meses – tras esta experiencia – visitando academias laicas en Europa en el primer  Programa de CLLT del Consejo Mundial de Iglesias (Curso de entrenamiento de laicos para líderes cristianos laicos – 18 personas de diferentes partes del mundo). Como culminación de esta experiencia de aprendizaje, mi iglesia me envió como delegada a la Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias, en Uppsala, Suecia (1968).

Mi visión y práctica del ecumenismo se ampliaron tanto, que estando en Bossey pensé que sería imposible vivir una experiencia ecuménica sin visitar el Vaticano. De modo que organicé un viaje de estudio con mi compañera de cuarto durante mis vacaciones de Navidad en Bossey. En el Vaticano fuimos recibidas por el Dr. Thomas Stransky y la Comisión Pontificia para la Unidad de los Cristianos de manera oficial. Esta experiencia de sólo “dos estudiantes de Bossey” fue tomada en cuenta para incluir la visita de los estudiantes al Vaticano todos los años, en el Programa de la Escuela de Graduados,  como invitación especial del Vaticano.

La vocación en la formación del hogar

Regresé a Cuba después de esta experiencia con un “compromiso de por vida” con el Movimiento Ecuménico. A mi llegada fui nombrada directora del Centro de Estudios del Consejo Ecuménico de Cuba (1969), y trabajé con las iglesias que pertenecían al Consejo en el diseño de un Currículo Ecuménico para Escuelas Dominicales, que estuvo vigente más de diez años.

La “Iglesia abierta”, la “Iglesia sin paredes” fueron y son para mí todavía en el presente, un llamado permanente y una realidad viva.[5]

Contraje matrimonio en 1970 con un pastor de la Iglesia Bautista  Rev. Daniel Montoya. Por acuerdo mutuo él  vino a integrar el pastorado de nuestra Iglesia  Presbiteriana porque la Convención de la Iglesia Bautista  en la parte oriental de la Isla de Cuba donde él residía, no hubieran aceptado mi vocación como pastora.

Desde un principio insistimos con nuestra Iglesia que cada uno ocuparía una Iglesia local . Creo que fuimos el primer matrimonio de pastores cada uno con una iglesia local  con sus salarios correspondientes.

Una de las experiencias más hermosas de mi vida fue el poder ofrecer los sacramentos durante mis primeros meses de embarazo de mi única hija. Estaba segura de que Dios bendecía especialmente este Acto Sacramental precisamente porque llevaba dentro de mí el don de la vida.

Visión y reconstrucción de la revelación bíblica

La espiritualidad de los seres humanos se halla seriamente dañada por la distorsión de la Revelación Bíblica. Semejante distorsión “impide que las mujeres se autovaloren y afirmen como auténtica imagen de Dios. Restringe la capacidad de la mujer para utilizar su propia experiencia como revelación de las cualidades y actividades de Dios. Realmente puede alienar a la mujer de su propia experiencia cuando esta presupone que lo Santo no es en modo alguno como ella”[6].

Es cierto que el patriarcado no es el tema de la Biblia, y en verdad, la Biblia trasciende el patriarcado. Pero, es muy interesante que los antropólogos, historiadores y especialistas de la Biblia, han investigado toda clase de corrientes – la histórica, la cultural, la literaria e incluso las socioeconómicas, pero la estructura patriarcal de las sociedades  de la Biblia se dio por sentada y nunca se cuestionó, porque los especialistas en textos bíblicos eran ellos mismos parte del sistema patriarcal de la sociedad. Necesitamos recordarles hoy que los ejes fundamentales de la Biblia son la justicia y la libertad.

“Reconstruir” el verdadero papel de las mujeres y su verdadera significación leyendo los mensajes subyacentes en los textos, es un maravilloso “ejercicio espiritual”.

¡Cuánto me ayudó esa reconstrucción de la revelación bíblica a reconstruir mi propia vida!

Pude ahondar en  las raíces más profundas de mi fe,en la Biblia, la teología, la historia de la Iglesia, los valores cristianos. Mucha lectura, estudio, reflexión, junto con la práctica, la vivencia cotidiana, las relaciones con las personas, porque siempre combiné esas tareas con la práctica social.

Mis sentimientos quedarían mejor definidos como “espiritualidad de combate”[7], expresada en el poema de  Leonardo Boff:

 Si queremos servir al Dios verdadero…

Tenemos entonces que hacer como Verónica.

Tenemos que romper el círculo –

El círculo de estar absortos en nosotros mismos –

Y  poner nuestra vista en el rostro ensangrentado

De nuestros prójimos:

Porque ellos son  el mayor sacramento de Dios,

Las señales e instrumentos de la auténtica realidad divina.

Si no compartimos la vida con los oprimidos,

Entonces no compartimos la vida con Dios.

Cuando limpiamos el rostro de nuestros prójimos

Que sufren la vida como una pasión dolorosa,

Estamos limpiando el rostro de Jesús.

Vocación ecuménica de compromiso con los/las más vulnerables.

El Consejo Mundial de Iglesias me llamó en 1985 a través del Programa de Mujeres con el objetivo de que me incorporara de profesora en el Instituto Ecuménico  de Bossey o dirigiera el Departamento de Educación. Pasé bien las entrevistas y escogí Bossey ante el asombro de todos, ya que de ambas ofertas era el cargo de menos poder y salario pero viviría en comunidad. Imaginaba el cambio tan fuerte que significaría para mí y mi familia viajar a un país capitalista tan desarrollado y establecernos en la ciudad. No me equivoqué: fue la mejor decisión. En 1988 fui trasladada a un puesto más importante, el programa de Educación Teológica del CMI para América Latina y el Caribe, aunque seguí residiendo en Bossey y la educación de mi hija transcurrió en un ambiente comunitario.

El Programa de Educación Teológica para América Latina y el Caribe del CMI priorizó promover mujeres. La mayor parte de las actuales líderes relevantes en la región, fueron becarias del programa. El cargo no lo concebí para hacer carrera sino para apoyar el desarrollo de la mujer en la teología y a las organizaciones y seminarios que realizaban la mejor labor en ese sentido. Llegamos a acordar que el cien por cien de los fondos se destinaría al cumplimiento de nuestros propósitos. Dio resultado, por supuesto, junto a las actividades del “Decenio de Solidaridad de las Iglesias con la Mujer”. Miro hacia América Latina y me percato de cuántas compañeras consolidaron la preparación teológica gracias al programa que me tocó dirigir por una década. En 1997 celebramos en el SET una reunión de la Comunidad de Seminarios Teológicos en América Latina a la que asistieron 12 prominentes líderes femeninas con las cuales establecimos nexos en su formación. El objetivo del encuentro era un diálogo con alguno de los “padres” de la Teología de la Liberación.  Ellas organizaron un homenaje que me conmovió. Dijeron: “Tú has sido nuestra madre de la teología de la liberación”.

Regreso a Cuba

Fui rectora del SET desde 1996 aunque por mis responsabilidades en el exterior no pude volver a Cuba hasta el primero de abril del 97. En Suiza se reían porque ese día, además de ser el de mi cumpleaños, es allá el día de los tontos. No entendieron mucho mi regreso. Yo estoy encantada de estar aquí. El Seminario tuvo y tendrá una función muy importante.  El SET ha sido protagonista de la teología cubana y sigue siéndolo porque si hay un lugar donde las teologías de la liberación están presentes hoy en Cuba, es en ese recinto. Creo en la teología  de la vida que es afirmar categóricamente, desde mi fe cristiana, lo que sea garantizar la existencia de los seres humanos, la vida abundante que tiene lo material y lo espiritual. Lo que niegue la teología de la vida niega la fe cristiana. Para mí es básico que todo el mundo tenga educación, derecho a la salud, a un techo. Los derechos humanos son afirmación de la vida. Por esa razón aprecio como el principal logro de  nuestra sociedad, su sentido humano de llegar a los más necesitados, de pensar en el bien de los sectores tradicionalmente menos favorecidos. Lo valoro por encima de cualquier otro aspecto porque encierra mucho.

Una nueva visión del aprendizaje ecuménico.

Es interesante que desde que nosotras como mujeres comenzamos nuestras jornadas de  reflexión teológica, deshebrando las madejas de la Hermenéutica  bíblica, desentrañando los misterios de los dogmas teológicos, y avanzando en las tareas de las transformaciones eclesiales y sociales para la creación de un mundo mejor, uno de los pilares que ha sostenido todas esta novedosa labor ha sido el aprendizaje ecuménico.

Siempre recuerdo que cuando nosotras las mujeres teólogas latinoamericanas nos reunimos por primera vez en 1979 en Méjico, la dimensión ecuménica estuvo presente al reunirnos con mujeres de distinta extracción social y de distintas confesiones, incluyendo  mujeres de distintas órdenes religiosas católico-romanas y diversas denominaciones evangélicas y protestantes. Fue un milagro ecuménico que nos acompaña hasta el día de hoy.

No puede ser de otro modo, ya que nosotras creemos que  “el aprendizaje ecuménico es lo que ocurre cuando diversas personas, arraigadas en sus propias tradiciones de fe y sus complejas experiencias en relación con su cultura, género, nacionalidad, raza, clase, etc.  se abren y responden a la riqueza de las perspectivas en la lucha de otros, buscando junto con ellos conocer a Dios y ser fieles al propósito que para ellos tiene Dios en el mundo”[8].

Al final de la Sexta Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias en Vancouver (Canadá), celebrada del 24 de julio al 10 de agosto de 1983, una de las ocho áreas priorizadas del programa del CMI fue el Aprendizaje Ecuménico.

Los tres aspectos mencionados como prioritarios en ese proceso son:

  1. Testimonio común, actividades litúrgicas y formación espiritual.
  2. Entendimiento de las tradiciones de otras iglesias y no solamente de la propia.
  3. Alfabetización bíblica y teológica y preparación para el liderazgo ecuménico.

Creo que estas tres áreas del aprendizaje ecuménico han sido fundamentales en el quehacer teológico y la práctica pastoral de nuestras mujeres.

Es evidente que la Sexta Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias en Vancouver marcó una transición en el estilo educacional, que pasó entonces de un aprendizaje basado en la información a una aprendizaje basado en la participación (es decir, del aprendizaje frontal ante expertos al aprendizaje cooperativo con otros). Esto a su vez, condujo a cuestiones de confrontación, reto mutuo y consenso. El énfasis creciente ha sido puesto en ser una comunidad de aprendices para llegar a formar parte de la Casa de Dios (1 Pedro 2).

Comunidades ecuménicas de aprendizaje

Las mujeres hemos estado creando constantemente “comunidades ecuménicas de aprendizaje”[9]. Esta ha sido una realidad en todos los grupos de mujeres organizados para estudiar la Biblia, desarrollar liturgias llenas de un imaginario simbólico colectivo extraordinario, para acciones de fe transformadoras para la búsqueda de la paz, la justicia social, la equidad genérica, el cambio de los dogmas teológicos opresores, el equilibrio ecológico – todo esto enraizado en una espiritualidad llena de espacios sagrados de conmovedora belleza y trascendencia.

Cada afirmación teológica después de nuestros encuentros, es poesía y ritmo de vida que nos hace ver nuestra dimensión ecuménica como un compromiso serio con un aprendizaje ecuménico que nos haga formar un frente estratégico para avanzar hacia la meta de lograr una iglesia y una sociedad donde mujeres y hombres se realicen como personas, imagen de Dios y sujetos de la historia.

En cada comunidad ecuménica de aprendizaje se repite la experiencia del primer encuentro-taller de profesoras de teología celebrado en San José de Costa Rica del 30 de enero al 4 de febrero de 1994: “Construimos la comunidad de estos días a `partir de la experiencia litúrgica que nos llevó a un peregrinaje a la montaña, donde cada una se auto-nombró para introducirse en ella, pertenecerle. Así pues, éramos brisa, manantial, árbol de raíces fuertes, con frutos altos, con renuevos. Cuerda, mariposa, conejo, senderos, cactus, puentes, rocas, sol y diosas. Gestos de libertad, fuerza, resistencia, abrir caminos, escalar, cruzar, crecer, reproducirse, brotar, brillar…. Vida. Ya en la montaña se hace necesario subir y en el trayecto hacer memoria de las mujeres que lucharon como Rizpa, dando sustento a su pueblo. Bienaventuranzas por los otros y las otras. Pero además, las montañas son volcanes, a veces, mujeres dormidas – Iztaccihuatl – pero que despiertan, hacen erupción cuando es el tiempo.. y no hay quien las detenga. Se recuerda a nuestros pueblos, volcanes emergentes cada día, y también, se hace memoria de las mujeres – volcanes que han dejado huella en nosotras. La mujer busca la dracma perdida y no cesa su búsqueda hasta que la encuentra, hasta que se encuentra con su propia imagen verdadera. La montaña nos refresca en el cansancio del día y nos ofrece agua – cristalina y pura como la que recibió la mujer samaritana, novedad de vida. Símbolo del bautismo comunitario, unas a otras, renovación y solidaridad desde la hermana. Así en esta caminata, descendimos, inevitable transcurso del compromiso. Pero, bajamos unidas, al mismo tiempo, solidarias con las cargas y las esperanzas. Danzando alegremente, compartimos la luz al depositar los símbolos – pan y el vino en la mesa de la resurrección. Es la fiesta de la vida donde la teología tiene sabor y es gozo en la compañía de todas”.

Todos estos grupos de trabajo y encuentros han sido ecuménicos no solamente porque están constituidos por mujeres de distintas confesiones sino como afirma Letty Russell: “Son grupos ecuménicos porque sus preocupaciones van más allá de una agenda denominacional.  Y aun en los casos en que son miembros de una misma iglesia local, se hacen ecuménicos en la medida en que advierten que las luchas de las mujeres por ser plenamente humanas,  como Dios la creara, van más allá de cualquier barrera confesional”[10].

Liderazgo ecuménico

El principio aplicado por el Dr. Carol J. Schlueter a la homilética feminista es también comparable a la participación de las mujeres en los procesos de liderazgo ecuménico. Carol apunta que “la homilética feminista surge de una comunidad de personas, un número de las cuales son  fundamentalmente mujeres, que analizan el material bíblico en el contexto de sus propias vidas. No surge de individuos escribiendo sermones aisladamente, usando exégesis solitarias. La homilética feminista reconoce lo que yo llamo el Principio del Ganso de Canadá. Los gansos de Canadá vuelan en formación de “V”, y ninguna de las aves se mantiene siempre de líder. En lugar de ello, toman esa posición por turnos. Cuando se cansa, el líder pasa atrás, y otra ave lo sustituye. El bienestar de cada ave es importante para la supervivencia del bando, y mientras más aves comparten el liderazgo, más fácil y seguro será el avance del bando de aves en  su conjunto”[11].

Creo que esta es una contribución muy específica de las mujeres para la adecuada formación de las comunidades para la labor pastoral.

Salir de los “modelos patriarcales” no es nada fácil. Es correr la aventura de construcción de nuevos modelos con un entendimiento completamente diferente del poder y la autoridad. La cuestión principal es cómo hacer que el poder y la autoridad no estén enmarcados en un paradigma de dominación; deseamos “participación” y no “subordinación”.

 Las mujeres… ya no más en silencio,

Ya no más silenciadas.

Mujeres que hablan desde lo profundo de su dolor,

Mujeres que desafían la visión tradicional

De la sociedad

De la Iglesia,

De la comunidad,

De nuestra fe.

La visión  pastoral de nuestras mujeres  ha sido expresada en el mensaje final del Seminario celebrado en el Instituto Ecuménico de Bossey en 1994 especialmente dirigido a las iglesias e instituciones ecuménicas.

“Llamamos a las iglesias a sumarse a nosotros en nuestra visión y acción para el nuevo siglo. Llamamos a las iglesias a:

  • Colocar la supervivencia y el bienestar de la mujer en el centro de sus programas por la justicia social.
  • Dar a las mujeres acceso a todas las formas de poder para tomar decisiones en la iglesia, y promover este acceso en la sociedad, trabajando junto a los hombres para que el poder se ejerza de formas no abusivas, ni autoritarias.
  • Realizar diálogos y análisis críticos del contexto económico, cultural y político de la vida de cada iglesia, y tomar acciones apropiadas para combatir la injusticia y afirmar los elementos de vida en este contexto.
  • Trabajar para erradicar el abuso de poder y sexista dentro de la iglesia, especialmente por parte de los clérigos y otros profesionales eclesiásticos.
  • Rechazar la violencia como solución a las diferencias étnicas, políticas y religiosas,… y donde quiera que se haga uso o abuso de la religión para atizar odios.
  • Revisar las reflexiones teológicas en marcha, así como las acciones de las iglesias con el propósito de eliminar las enseñanzas y estructuras que impiden que la mujer viva plenamente el significado de la igualdad bautismal.

Nuestros sueños  y visiones fueron incluidos en el mensaje final de este Seminario:

Estamos unidas por un solemne rechazo a la creciente y previsiva violencia contra las mujeres en todo el mundo;por nuestra esperanza en la libertad nacida de la fe en el hijo de María, Jesús,    y por nuestro deseo de que exista una nueva comunidad de los seres humanos, la Tierra y todas las criaturas, en el abrazo de Dios.”[12]

Los elementos de la “lógica de vida” que necesitamos para nuestra tarea, pueden definirse mediante los siguientes términos: RESISTENCIA, CREATIVIDAD, SOLIDARIDAD, LIBERTAD y ESPERANZA.

Como señalara María Pilar Aquino: “La teología de la liberación feminista que las mujeres están desarrollando reclama el rescate de la vieja complicidad que existe entre las mujeres, la tierra y la vida. Puesto que la vida es un don de Dios, la tarea teológica que asume la lucha por la vida se entiende asimismo como un don del Espíritu puesto al servicio de la trayectoria liberadora de las mujeres hacia  su plena realización corporal, psicológica, histórica y espiritual. Con esta lucha, las mujeres están diciendo que quienquiera que las haya crucificado, quienquiera que haya tomada la vida de los pobres  y los oprimidos, y quienquiera rija los destinos del mundo, no tiene la última palabra. Su fe les dice que la justicia prevalecerá”.[13]

Viaje espiritual de encuentros y visiones

Mi viaje espiritual ha seguido la señal de los tiempos – tiempo ecuménico de encuentros y  visiones.

Mis encuentros han estado inspirados por la fe. He sentido, en lo que he realizado, lo que algunos llamarán “la fuerza del Espíritu”. Soy una mujer que sueña y lucha por sus sueños. El llamamiento de Dios lo percibo hoy más fuerte que nunca. Afirmar mi vocación representa para mí enfrentar nuevas cosas, ser creativa, trabajar por el bien de la sociedad y de la iglesia. Mis visiones han sido de un arraigo ecuménico, y se han formado al amparo de Dios durante largos años de dedicación, pastoral, profesoral y teológica. Los lugares en que he trabajado, las iglesias, los Consejos, el Seminario, han sido para mí un jardín, en los que en colaboración con numerosas hermanas y hermanos, colegas, compañeros y compañeras, he sido testigo de cómo la fe puede transformar los sueños en planes, y las visiones en realidades.

De esta labor  ecuménica, puedo decir, hablando en nombre de los que me han acompañado en este importante trayecto de mi viaje espiritual, que hemos sembrado semillas de libertad, dignidad personal y amor. Ahora podemos ya ver las flores brotar por todas partes: en las ciudades, las áreas rurales y urbanas, las iglesias, los hogares, los seminarios teológicos y los campos universitarios. Las flores tienen diferentes colores, diferentes olores. Con sus diferencias llamativas llenan los prados del mundo, con belleza sin igual, anunciando que la primavera ha llegado. Y la primavera indica que los días de soñar no han pasado. Y con los nuevos tiempos, el cielo muestra un haz de luz que revela una miríada de colores en la distancia: un  arcoiris que proclama desde el horizonte que somos uno en nuestra diversidad. Somos la abigarrada muchedumbre de una unidad que alcanza todas las latitudes de la Tierra.


[1] Juan Luis Segundo, Fait and Ideologies, Orbis Books, Maryknoll, New York, 1982, pág.142.

[2] Bärbel von Wartenberg-Potter, We Will Not Hang Our Harps on the Willows, Serie Risk, Publicaciones del Consejo Mundial de Iglesias, Ginebra, 1987, pág. 29.

[3] Leonardo Boff, Way of the Cross, Way of Justice, Orbis Books, Maryknoll, 1982, págs. 47-48

[4] John W. de Gruchy, Cry Justice: Prayers, Meditations and Readings from South Africa, Orbis Books, Maryknoll, 1984, pág.25

[5] La metáfora utilizada por la Dra. Letty M. Russell en su libro  Church in the Round: Feminist Interpretation of the Church, Wetsminster/John Knox Press, 1993, nos ayudó a entender mejor este concepto de “Iglesia abierta” o “la iglesia en los alrededores”.

[6] Women’s Spirituality, editado por Joann Wolski Conn, Paulist Press, New York, 1986. pág.14

[7] Leonardo Boff, op. Cit., págs. 47-48

[8]  Alive Together; A Practical Guide to Ecumenical Learning. A publication of the Sub-Unit of Education, WCC, Geneva, Switzerland, 1989, p.7

[9] Russell, Letty M. “Ecumenical Learning in Theological Education. A Women´s Perspectiver”. In: God has Called Us, edited by Lynda Katsuno, Kathy Keay, Ofelia Ortega. WCC Publications, 1994, p.37

[10] Russell, Letty. Op. Cit. Pág. 38

[11] Schlueter, Carol J. “Feminist Homiletics: Strategies for Empowerment”, Women’s Visions: Theological Reflection, Celebration, Action. Editado por Ofelia Ortega; Publicaciones del CMI, Ginebra, 1995.pág.138.

[12] Véase Women’s Visions: Theological Reflection, Celebration, Action. Editado por Ofelia Ortega, Publicaciones del CMI, Ginebra, 1995.

[13] Aquino, María Pilar. “^Perspectives on a Latina’s Liberation Theology”, En: Frontiers of Hispanic Theology in the US, Alian Figueroa Deck. Orbis, N.Y, 1992, págs.37,38.

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