Mujeres: Recuperemos nuestra herencia

Mujeres: Recuperemos nuestra herencia

Números 27: 1 – 11

Por: Rev. Ofelia M. Ortega.

 Introducción

En octubre de 1979, por primera vez, un grupo de mujeres comprometidas con los movimientos populares y la teología, nos reunimos para reflexionar desde nuestra fe, la situación de opresión de la mujer y su aporte a los cambios sociales, en vistas de una sistematización teológica.

Nuestro seminario se realizó junto al Tepeyac, la montaña sagrada de Tonantzin “diosa madre” que consolaba a los oprimidos del imperio azteca.

El seminario que fue una gran experiencia profunda de comunidad para todas, terminó con una celebración eucarística ecuménica presidida por mí, como pastora ordenada de Cuba y por un sacerdote católico-romano de México. Como yo no tenía un alba o vestimenta adecuada, las religiosas fueron al mercado popular y adquirieron esta túnica, que fue usada en la celebración, y que hoy, por segunda vez, deseo usar como un símbolo del proceso de liberación seguido por la mujer latino-americana, y por el momento histórico que dio inicio a la reflexión teológica comunitaria de nuestras mujeres.

Queremos señalar también que esa misma semana coincidió con el viaje del Papa a Estados Unidos de América donde manifestó la posición de la jerarquía eclesiástica contra: la ordenación de las mujeres, la anticoncepción, el aborto y el divorcio. Este es pues, un símbolo de la lucha histórica que las mujeres hemos de librar al interior de la Iglesia.

Para nuestra reflexión hoy, he escogido un texto de un libro que casi me “indigestó” al leerlo. El libro de Números es un libro poco atractivo y poco conocido. Son raros los comentarios a este libro.

Orígenes lo reconocía:

 “Al leer los evangelios, las cartas o los salmos, todo el mundo los acoge con gozo y se adhiere gustosamente a ellos; se alegra de descubrir en ellos algún remedio a sus enfermedades. Pero si se ponen a leer el libro de Números… muchos creerán que todo es inútil y que no remedian nada sus debilidades ni sirve para la salvación de su alma; lo rechazarán y prescindirán inmediatamente de él como de alimento pesado e indigesto”.[1]

No obstante, como mencionara Katherine Doob Sakenfeld:

“ el libro de Números, aunque no es tan conocido hoy como el Génesis o el Éxodo, ayudó a proporcionar  una guía básica religiosa para la antigua comunidad Israelí”.[2]

Este libro trata de hacer a la mujer “invisible”. Es notable el liderazgo levítico y sacerdotal en los lugares de adoración que “rodean” los lugares sagrados, cerrando continuamente los “espacios” para la participación de la mujer.

Sin embargo, las mujeres aparecen como destellos luminosos de revelación en nueve de los 36 capítulos del libro, mostrándonos que la línea sacerdotal masculina y excluyente siempre puede ser traspasada por las mujeres que pueden unir el “coraje” a la fe que profesan. Como Ivone Gebara nos dice:

“El muro patriarcal es alto e impenetrable, pero nosotras somos como pequeñas hormigas que sabemos abrir huecos en el mismo para pasar al otro lado”.[3]

Y esto es precisamente lo que hacen las hijas de Zelophehad, Mahlah, Noah, Milcah, Hoglah, y Tirzah al venir a hablar con Moisés personalmente y públicamente (Números 27).

La teología del exilio es de gran significación para nosotras. Sus dolores son los nuestros y sus esperanzas parecidas a las nuestras también, hay una sintonía que traspasa siglos de distancia. Uno de los libros más conmovedores del exilio termina con estas palabras “saldréis con alegría”. (Is. 55: 12–13).

Es por eso, que el mensaje de estas cinco mujeres llega a nosotras como la luz tenue de la vida que aunque pequeña, disipa las tinieblas.

Ellas tienen nombre.

Las mujeres vamos “perdiendo” nuestros nombres en el camino, legalmente primero, y después emocionalmente. No sabemos quienes somos. Perdemos la dignidad y la auto – estima  al no ser nombradas.

Estas mujeres (aunque hijas de) tienen nombre propio, esto les da derecho a reclamar la herencia que aparecía perdida. La herencia del padre que murió sin tener hijos varones. Ellas fueron muy astutas. Clamaban porque no se perdiera el nombre de su padre al perder la tierra que le hubiera correspondido si tuviera hijos varones. Fue una decisión llena de habilidad que les valió el que sus nombres aparecieran en las escrituras.

Acabo de llegar de México, allí está la región de Chiapas, donde posiblemente se decide el futuro de toda la población indígena latinoamericana.

Allí encontré nombres de mujeres: Susana, Ramona y otras. Allí Susana hablaba con grupos de mujeres defendiendo la “Ley de las mujeres”.

Como en el libro de Números los hombres indígenas comenzaron a enumerar todas las leyes que debían ser aprobadas y seguidas por el grupo. Entonces Susana se para y dice: nosotras también tenemos una ley que debe ser aprobada. ¡Fue exactamente como lo que hicieron las hijas de Zelophehad! Los hombres se inquietaron. Se escucharon rumores y comentarios. En Chol, Tzeltal, Tzotzil, Tojolabal, Mam, Zoque y Castilla, los comentarios saltaban de un lado a otro. Susana no tuvo miedo y siguió hablando:

  • Queremos que no nos obliguen a casarnos con el que no queremos.
  • Queremos tener los hijos que querramos y podamos cuidar.
  • Queremos el derecho a ocupar cargos en la comunidad.
  • Queremos derechos a decir nuestra palabra y que se respete.
  • Queremos el derecho a estudiar y hasta de ser choferes.

Así siguió hasta que terminó. Las “leyes de mujeres” que acababa de leer Susana significaban para las comunidades indígenas una verdadera  revolución. Los varones se miraban unos a otros, nerviosos, inquietos. Un dirigente tzeltal comentó: “Lo bueno es que mi mujer no entiende español, que si no…” Ramona le contestó: Te “chingaste” porque lo vamos a traducir en todos los dialectos.

Las reporteras comentaron: El primer alzamiento de los “zapatistas” no fue el 1 de enero de 1994 sino el 1 de marzo de 1993 y lo encabezaron las mujeres zapatistas. No hubo bajas y ganaron cosas nuevas en nuestras tierras. Mientras haya mujeres como Mahla, Noah, Milcah, Hoglah, Tirzah, Ramona y Susana las leyes cambiarán y la novedad de la vida surgirá.

La voz de las mujeres.

Estas mujeres desafían la autoridad y el poder masculino al reclamar su herencia. Sus voces tienen que escucharse, y tiene el valor de enfrentarse a Moisés, Eleazar el sacerdote, los líderes y todas las congregaciones (vs. 2). “Ellas se irguieron”, dice el texto. No se inclinaron, no se humillaron, no se arrodillaron. Estaban PARADAS delante de ellos “en la puerta del tabernáculo de la congregación”, evidentemente en la entrada del lugar sagrado. Aquí, en el vacío, en medio del campo, y cerca del precinto de la presencia de Dios, ellas hablaron.

En la reunión de Huairon, China, a propósito de la Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer en Beijing en agosto de 1995, Barbel Von Wartenberg – Potter  compartió con nosotras sus pensamientos sobre “el silencio de las mujeres”.

“Una herencia que nos ha pertenecido durante muchos siglos, que hemos compartido con mujeres de otras fees y de otras culturas, es el silencio de las mujeres como sanción e imposición religiosa. Esto le ha sido impuesto a las mujeres de diversas maneras. Rabinos, mullahs, curas, papas, patriarcas, obispos y otros líderes religiosos de diferentes tradiciones, tienen esto en común: hasta nuestros días, la mayoría no permiten a las mujeres tener acceso a la escritura y la enseñanza y especialmente a oficiar en servicios y prácticas religiosas”.[4]

Pero hoy, necesitamos romper el hechizo de silencio que cubre las vidas de las mujeres y su historia, como lo hicieron Mahla, Noah, Milcah, Hoglah, y Tirsah.

Entremos en el espacio sagrado.

Y ¡ellas hablaron a la entrada del lugar sagrado! El espacio de lo sagrado también nos ha sido vedado; Una de las más hermosas experiencias de mi vida fue cuando visité una Iglesia Ortodoxa en Rumania. A la hora de la comunión, en el altar, el grupo que lideraba la adoración, los sacerdotes, paseaban en círculos con el sacramento mientras el pueblo cantaba; las mujeres en la congregación se movieron entonces hacia la “sección sagrada” destinada a los hombres y allí tiraban blusas, pañuelos, telas para que el sacramento (que estaba en manos de los sacerdotes) ejerciera su influencia bienhechora sobre sus telas. Una invasión de lo sagrado hermosa, ignorada por el liderazgo eclesiástico, pero bendecida por Dios, y mientras la liturgia se desarrollaba en su propio ritmo, ellas caminaban cadenciosamente con otro ritmo hacia los “iconos” donde rezaban, hablaban y buscaban la dirección de lo sagrado; era una liturgia dentro de otra liturgia.

Dios en el Antiguo Testamento residía en un “ESPACIO ABIERTO”. Los judíos no materializaban la presencia de Dios, o sea no la corporeizaban.

El concepto teológico de “ESPACIO ABIERTO” era central en el anuncio profético del pueblo judío.

En el Antiguo Testamento Yahvé estaba presente en medio de su pueblo escogido y en la Tierra Prometida. Tierra y Pueblo constituían un mismo proyecto, una sola realidad.

Pero donde se concentraba Dios en medio de su pueblo era en la ciudad de Jerusalén. En Jerusalén  donde Dios residía concretamente, era en el templo. Y en el templo, donde Dios moraba era en el SANCTA SANCTORUM. Y dentro de este habitáculo, donde Dios “palpitaba” especialmente era en el Arca de la Alianza. Y dentro del ARCA no estaba ni en los libros sagrados, ni en los panes ázimos, ni en el bastón de Moisés, ni en las dos estatuas de querubines que la precedían.

Dios vivía en el “ESPACIO ABIERTO” entre las dos alas de los querubines a punto de entrar en contacto.

Los cristianos hemos desvirtuado esta presencia de Dios en un concreto “Espacio Abierto” y no sólo hemos “cerrado el espacio” sino que hemos corporeizado lo Sagrado; lo hemos encerrado en un cuerpo, lo hemos materializado.

Esta concepción de lo sagrado, además de materializarse en un objeto – templo, sagrario, comunión, sacerdote, obispo, papa, queda situado al exterior, fuera de nosotras mismas. Por esta razón es un sacrilegio proponer o maltratar un objeto o persona sagrada. No por lo que son en sí sino por lo que significan o representan.

En cambio, no se considera grave maltratar, manipular (profanar) la dignidad de un ser humano cualquiera. A veces no se condena la pena de muerte pero se condena la profanación de un cáliz o de una persona sagrada. Nosotras tenemos que afirmar que “toda la vida es sagrada”.

  • Lo sagrado está en el corazón de las cosas y de los seres humanos. Lo sagrado está en ti y en mí.
  • En el corazón del universo como dice P. Teilhard de Chardin.
  • En el corazón de nosotros como comunidad nacional o etnias.
  • En el corazón de la fraternidad humana universal.
  • No hay tierra, mar, aire, plantas, animales, seres humanos. Hay un Espacio Abierto, a través del cual Dios llama, se introduce y actúa en nosotros.

El amor y el creer – más que el pensar – son los “Espacios Abiertos” sagrados del ser humano a través de los cuales se introduce la presencia de Dios y somos vivificados por esa presencia que los santifica.

Así que, también desnaturalizamos la naturaleza al desacralizarla. Ya sabemos que los sellos de la teología colonial eran la dicotomía entre cuerpo y espíritu, sagrado y profano y lo material y espiritual.

Nos han “cerrado los espacios”. El libro de los Números va a seguir las orientaciones de Ezequiel 40 – 48: “ésta es la ley del templo… todo el espacio alrededor del templo será santísimo, tal será la ley del templo (Ez. 43:12). Alrededor de la tienda se mantendrá un cinturón sagrado que nadie podrá traspasar. Desde el comienzo, ésta será la primera función de los levitas… Los levitas acamparán alrededor de la morada del testimonio. De este modo, la ira no se manifestará contra la comunidad de los hijos de Israel (Núm. 1 – 53).

Se establecieron y todavía se siguen estableciendo límites entre lo sagrado y lo profano, entre lo puro y lo impuro y “el cinturón sagrado” se ha ido cerrando hasta casi asfixiarnos.

Hay que abrir los espacios, hay que romper “los cinturones sagrados y los de castidad” que nos han sido impuestos convirtiendo así nuestros cuerpos en impuros cuando los Dios los hizo puros y santos, a su imagen y semejanza.

Este proyecto del templo que cierra los espacios no nos conviene como afirma Sandro Gallazzi:

“Jesús escogió la casa y no el templo, la mesa y no el altar, el compartir y no el sacrificio, la familia y no el sacerdocio. Por eso murió. ¡Por eso fue muerto!”.[5]

Sí, entremos en los espacios sagrados sin temor, lo sagrado que hay en mí me da derecho a ello.

Las hijas de Zelophehad representan la voz colectiva.

La voz se escucha más fuerte o es tomada más en cuenta en colectivo. Los derechos de las mujeres se están ganando en la organización solidaria de los grupos de mujeres.

Tuvimos recientemente una experiencia en el Seminario que ahora dirijo. Al llegar, le dije a las estudiantes mujeres: ustedes deben reunirse, conversar, abrir sus corazones a la hermana, dialogar, reír y jugar juntas.

En el período de un año dos incidentes conmovieron nuestra comunidad. El grupo de las muchachas descubrió que el esposo de una de ellas la había maltratado de palabra y golpes por un período de ocho años. Él, un joven líder, reconocido por la comunidad ecuménica, aparentemente “un matrimonio ideal”. Esa chica había guardado silencio por muchos años, hasta que en el grupo pequeño de mujeres su corazón se abrió y descargó aquel peso enorme que estorbaba su desarrollo. Comenzó un “proceso de sanidad” dirigido por el grupo donde la pareja fue tocada por la solidaridad y actividad de las estudiantes. El joven reconoció, mientras era sumisa me pareció la mujer ideal, cuando comenzó a estudiar y a mostrar su inteligencia y capacidad no la pude aguantar y traté de destruir su espíritu de libertad y sabiduría. La solidaridad del grupo salvó a la pareja.

El segundo caso fue de “violación sexual”. Uno de los jóvenes entró en el cuarto de una de las chicas más jóvenes y nuevas y la violó después de haber ingerido una buena cantidad de alcohol con un pequeño grupo de amigos. La joven quiso guardar silencio pero el grupo de mujeres no lo permitió, el caso fue discutido por el grupo de mujeres, por la Facultad y por la Iglesia a la cual pertenecía el estudiante. El final fue triste. Ambos salieron del Seminario. La vergüenza y la pena los embargaba, y nosotros lamentamos el no haber podido orientar mejor y a tiempo estas vidas. Por eso necesitamos los cursos de teología y género en nuestras Instituciones Teológicas y los cursos de Teología Feminista, no cursos opcionales sino cursos integrados plenamente al currículum y que todo el currículum esté permeado de esa otra visión que tenemos de relaciones humanas más justas y verdaderas, de respeto y amor mutuo.

Fue sorprendente leer el reporte sobre las visitas a las iglesias durante la Década Ecuménica – Iglesias en Solidaridad con las Mujeres. En este reporte de las “cartas vivientes” aprendimos que

“durante el período que estuvimos en las Iglesias, notamos con tristeza y disgusto, que la violencia es una experiencia que une a las mujeres a través de todas las regiones y tradiciones. El fenómeno está tan intrínseco, que cada mujer espera que la violencia sea parte de sus vidas y se sorprenden si no es así. Frecuentemente, las niñas son criadas de manera que esperan la violencia, quizás de las manos de un amado. Esta realidad era reconocida en casi todos los lugares que visitamos”.[6]

La solidaridad entre las mujeres es imprescindible para erradicar de una vez y para siempre esa “cultura de violencia que nos amenaza”.

Las hijas de Zelophehad no enviaron a la mayor, o a la del medio, o a la más chica para discutir con Moisés y la dirección del clan. Fueron todas juntas. ¡Esa es la fuerza irresistible de la solidaridad!

Dios Toma opción por las mujeres (v.5)

Este acto es un hecho de justicia, “las mujeres tienen razón”. Se discute el asunto: ¡Victoria! y se atiende y se otorga la petición.

Puede haber grandes injusticias cuando nos apegamos a la tradición cultural o social sin valorar las consecuencias de esas tradiciones o leyes en la vida de nuestras mujeres.

En esta narrativa vemos un Dios de equidad mostrando el descuido de Dios ante meros derechos legales. Cualquier ley que contradiga la ley de amor a Dios y amor al prójimo, está condenada desde sus cimientos y es una bendición que dichas leyes se quebranten y se destruyan finalmente por la energía de una vida que se expande.

Esto es exactamente lo que pasa en nuestra historia:

“Pero no es justo que el nombre de nuestro Padre sea borrado de su clan simplemente porque no tuvo hijo varón. Danos una porción de tierra a nosotras entre los hermanos de nuestro Padre… Moisés presentó a Dios el caso de estas mujeres, y Dios le respondió: las hijas de Zelophehad tienen razón. Asígnales una porción de tierra entre los hermanos de su padre, y que la herencia de su padre pase a ellas”. (vs. 4 – 7)

¿Cuáles son las reglas o normas que regulan y dominan las vidas de nuestras mujeres y niñas en la Iglesia y en la sociedad?

¿Tendremos el valor de analizarlas y eliminarlas o cambiarlas para enriquecer la vida de nuestras comunidades?

Déjenme contarles la historia de Evangelina Corona Cadena de la Iglesia Presbiteriana de México. Esta mujer de Iglesia llegó a ser Diputada Federal en el Congreso de la Unión Mexicana. Su participación en la política de su Nación fue brillante. Poco después, fue electa como anciana – gobernante de su Iglesia Local, el Presbiterio votó en contra de la decisión de esta congregación, ya que la Iglesia Presbiteriana de México no ordena pastoras o ancianos gobernantes ¡increíble! ¿No es cierto? Una mujer puede ser congresista en México pero no anciano gobernante de su iglesia local. Me alegró saber que las mujeres mexicanas publicaron un libro con el rostro de Evangelina en la portada, mostrando esta mujer al mundo eclesiástico que la rechaza.

Pero ¡Dios está de nuestro lado! Y la historia bíblica de Números 27 nos lo ratifica.

El acto de estas mujeres trasciende en el pueblo judío como una “regla o norma de derechos”.

¡Es la promulgación de una nueva legislación!

Sí, ¡las mujeres podemos conseguir cambios en las leyes que nos oprimen y excluyen! Como los años de condena a los violadores, o las leyes en contra de la violencia intra – familiar que hoy apoyan muchos países. Las mujeres están insertando apartados nuevos que no existían en las políticas sociales – económicas. ¡Y tenemos que seguir luchando en esa dirección como las hijas de Zelophehad!

Este texto bíblico es un ejemplo de que un acto a favor de la justicia será trascendente para otros y otras.

Me encanta este relato, porque las cinco hermanas, además de defender la ley justa, están dispuestas a asumir la propiedad de la tierra que implica la ruptura del “rol doméstico” para asumir la responsabilidad de la finca. Así que ellas reciben una posición de privilegio pero también de gran responsabilidad.

La ley aprobada en su caso debe ayudar a hacer más fuertes intelectualmente y moralmente a las mujeres de Israel. La propiedad basa su valor solamente en que es un medio para el engrandecimiento y el fortalecimiento de la vida de las personas.

La decisión en nombre de las hijas de Zelophehad fue de gran importancia más por lo que implicó que por lo que concedió. El requisito original que justificó la herencia de la tierra fue la habilidad para usar los recursos de la herencia y tomar parte en todos los deberes nacionales. La decisión en este caso marca el comienzo de otra concepción, la concepción del desarrollo personal de las mujeres. El pedido de las hijas de Zelophehad fue permitido, con el resultado que fueron bendecidas para un mejor desarrollo de sus mentes y vidas de una manera en la cual de otra forma no les hubiera sido posible.

Sí, ellas pudieron ser, MUJERES NUEVAS.

¡Y nosotras también podemos!

MUJERES NUEVA

Por: Rebeca Montemayor L.

 

Incorporadas

por el amor

que todo lo circula,

en un alba

que se hace eterna.

Ya no más

partos en el exilio;

no más

sueños en cautiverio;

no más

juicios sobre el hombro.

Ahora es libertad

que danza de día…

en la voz y en la mirada,

en el andar y en el canto.

Ellas,

se hacen compañía,

y aplauden,

y luchan,

al ritmo

de su Encuentro.

Citas:

[1] Orígenes, Homilías a los Números, 27, 1; cf. Recuadro pág. 22

[2] Sankenfeld, Katherine Doob, “Numbers” en The Women’s Bible Commentary, Carol A. Newson y Sharon H. Ringe,  editores, Westminister Knox Press, Louisville, Kentucky, 1992, pág. 45.

[3] Frase escuchada en conversación con Ivone Gebara en una reunión de las mujeres anglicanas en Brasil.

[4] Von Wartenberg – Potter, Barbel, “The Silence of Women” en Women’s Perspectives: Articulating the Liberating Power of the Gospel, Gospel and Cultures Pamphlet 14, Publicaciones WCC, Ginebra, 1996.

[5] Gallazzi, Sandro, “La Sociedad Perfecta según los Sadocitas: el libro de los Números”, Pentateuco, Ribla, Revista de Interpretación Bíblica, número 23, Editorial DEI, San José, Costa Rica, 1996, pág. 166.

[6] Living Letters, A Report of Visits to the Churches During the Ecumenical Decade – Churches in Solidarity with Women,  Publicaciones WCC, Ginebra, 1997, Pág. 25.